Simón dice
Era el día del trabajador de 1909, tras acabado el discurso de un militante anarquista frente a 1500 personas, la multitud fue atacada por “fusiles a caballo” que seguían las ordenes de vaya-a-saber-quién, que por su parte seguía las órdenes de vaya-a-saber-quién, que por su parte seguía las órdenes de… Hubo cientos de heridos y 14 muertos. Ese mismo día, el Jefe de Policía de la Capital Federal ordenó el cierre de los locales sindicales y el arresto de 16 cabecillas anarquistas que habían estado presente durante la manifestación. La huelga general no se hizo esperar y duró una semana, a pesar de la represión de las fuerzas militares. La huelga general se levantó el 9 de Mayo, tras la liberación de los detenidos el 1 de Mayo… sin embargo, ningún ejecutor de la matanza tuvo que responder judicialmente por sus actos.
Los meses pasaron y los anarquistas se quedaron. Un buen día, unos 4, o 5, estaban reunidos en una esquina charlando… muy seriamente. Un aire tenso los envolvía. Todos sacaron una pajilla y se quedaron pálidos, como si todos hubieran perdido por sacar la mas corta. Pero la pajilla mas corta la tenía Simón en su mano. Uno de ellos lo miró, y le deseo lo mejor: “Mucha suerte, compañero!”. Pero él, tenía miedo y estaba muy bien que así fuera. Ninguno se habría animado a hacerlo (¿Y él sí?). Por eso habían llegado a esa instancia: el azar decidiría quien tendría tan honrado, pero funesto destino. Fue suyo. Lo había prometido a sus compañeros, y sus compañeros se lo habían prometido a él: Era ahora o nunca.
El 14 de Noviembre de 1909, Ramón Falcón, todavía Jefe de Policía, volvía en su coche luego del funeral de un colega suyo. Pero un encuentro explosivo le impidió llegar a su casa ese día: Simón Radowitzky, anarquista e inmigrante ucraniano, lo ajustició con una bomba de fabricación casera. El hecho produjo aún más oleadas represivas y de violencia. Por su parte, los grupos socialistas clamaban: È morto Ramón Falcón massacratore; evviva Simón Radowitzky vindicatore. Mientras tanto, Simón era torturado por la policia. No pudieron condenarlo a pena de muerte porque tenía 18 años, pero lo enviaron al penal de Ushuaia. En la prisión se le denegaron todos sus derechos y como única lectura se le permitió ¡la Biblia!
Muchas veces fue víctima de malos tratos, y de torturas. Varias de éstas, por liderar al resto de los reclusos en huelgas de hambre para protestar por las malas condiciones del penal. En 1918 fue violado por el subdirector del penal, Gregorio Palacios, y tres guardiacárceles. El 7 de Noviembre de ese mismo año, aprovechando el relevo y la llegada de un grupo nuevo de guardiacárceles, escapó a primera hora vestido con un traje de guardiacarcel. Sin embargo, fue interceptado a medio camino hacia Punta Arenas. Volvió a su condena… que ahora fue agravada con 2 años de confinamiento solitario en su celda, y sólo media ración diaria de comida. Así vivió, hasta que tras veintiñun años de prisión, fue indultado y condenado al destierro. Siguió viviendo… un poco en Uruguay, otro tanto en España y también Francia.
Actualmente existe una ciudad en el partido de Coronel Pringles con el nombre de Ramon Falcon, también una avenida en Buenos Aires, e incluso una placa recuerda el lugar del atentado (Callao y Quintana). Cerca de la placa, también se erige una estatua de Ramón Falcón. Otra estatua, se encuentra en el barrio de Recoleta (barrio de pocas caras aunque muchas caretas) honrando también la memoria del mismo. Pero un graffiti hace justicia, al lado de la A con que se simboliza el anarquismo, el escrache dice: SIMÓN VIVE.
Extractos de la publicacion ‘El amor libre’
Eros y anarquía, Osvaldo Baigorria (2006)
Para defender al principio de amor libre se necesitan dosis parejas de inocencia y experiencia. Una vez desacralizados el matrimonio, la familia y la dupla varón-mujer unidos “de por vida”, ¿qué si no la inocencia puede vincular la libertad al amor, en especial si a éste se lo entiende como pasión o atracción entre seres de carne y hueso? La experiencia susurra al oído que la fidelidad es imposible, que la monogamia es una ilusión y que las leyes del deseo triunfan siempre sobre las leyes de la costumbre. La inocencia grita que el amor sólo puede ser libre, que la pluralidad de afectos es un hecho y que el deseo obedece a un orden natural, anterior y superior a todo mandato social establecido.
La trampa de la protección, Emma Goldman (1869-1940)
El matrimonio y el amor no tienen nada en común; están tan lejos entre sí como los dos polos y son, incluso, antagónicos. El matrimonio es ante todo un acuerdo económico, un seguro que sólo se diferencia de los seguros de vida corrientes en que es más vinculante y más riguroso. Los beneficios que se obtienen de él son insignificantes en comparación con lo que hay que pagar por ellos. Cuando se suscribe una póliza de seguros, se paga en dinero y se tiene siempre la libertad de interrumpir los pagos. En cambio, si la prima de una mujer es un marido, tiene que pagar por él con su nombre, su vida privada, el respeto hacia sí misma y su propia vida “hasta que la muerte los separe”. Además, el seguro de matrimonio la condena a depender del marido de por vida, al parasitismo, a la completa inutilidad, tanto desde el punto de vista individual como social. También el hombre paga su tributo, pero como su esfera de vida es mucho más amplia, el matrimonio no lo limita tanto como a la mujer. Las cadenas del marido son más bien económicas.
(…)
En realidad, en nuestro actual estado de pigmeos, el amor es algo desconocido para la mayoría de la gente. No se le comprende, se lo esquiva y muy raras veces arraiga; y cuando lo hace, pronto se marchita y muere. Su fibra delicada no puede soportar la tensión y los esfuerzos del vivir cotidiano. Su alma es demasiado compleja para ajustarse a la viscosa textura de nuestra trama social. Llora, se lamenta y sufre con los que lo necesitan y, sin embargo, carecen de capacidad para elevarse a su altura. Algún día, los hombres y las mujeres se elevarán y alcanzarán la cumbre de las montañas; se encontrarán grandes, fuertes y libres, dispuestos a recibir, a compartir y a calentarse en los dorados rayos del amor. ¿Qué imaginación, qué fantasía, qué genio poético puede prever, aunque sea aproximadamente, las posibilidades de esa fuerza en las vidas de los hombres y las mujeres? Si en el mundo tiene que existir alguna vez la verdadera compañía y la unidad, el padre será el amor y no el matrimonio.
Mal de amores, Errico Malatesta (1853-1932)
Digámoslo de inmediato: nosotros no tenemos ninguna solución para remediar los males que provienen del amor, porque éstos no se pueden destruir con reformas sociales ni con un cambio de costumbres. Están determinados por sentimientos profundos, podríamos decir fisiológicos del hombre, y no son modificables, cuando lo son, sino por una lenta evolución y de un modo que no podemos prever. Queremos la libertad; queremos que los hombres y las mujeres puedan amarse y unirse libremente sin otro motivo que el amor, sin ninguna violencia legal, económica o física. (…) Es muy fácil decir: “Cuando un hombre y una mujer se aman, se unen, y cuando dejan de amarse, se separan”. Pero sería necesario, para que este principio se convirtiese en regla general y segura de felicidad, que se amaran y cesaran de amarse al mismo tiempo. Pero ¿y si uno ama y no es amado? ¿Y si mientras uno ama, el otro ya no lo hace y trata de satisfacer a una nueva pasión? ¿Y si uno ama al mismo tiempo a varias personas que no pueden adaptarse a esa promiscuidad?
(…)
Amar a todo el mundo se parece mucho a no amar a nadie. Podemos quizá socorrer a algunos, pero no podemos llorar todas las desgracias, porque nuestra vida se desharía entera en lágrimas; y sin embargo las lágrimas de simpatía son el más dulce consuelo para un corazón que sufre. La estadística de los fallecimientos y de los nacimientos puede ofrecernos datos interesantes para conocer las necesidades de la sociedad; pero no dice nada a nuestros corazones. Nos es materialmente imposible entristecernos por todo ser humano que muere y regocijarnos por cada nacimiento. Y si no amamos a uno más vivamente que a otros; si no hay un solo ser por el cual estemos más particularmente dispuestos a sacrificarnos; si no conocemos otro amor que ese amor moderado, vago, casi teórico, que podemos sentir por todos, ¿no resultaría la vida menos rica, menos fecunda, menos bella? ¿No se vería disminuida la naturaleza humana en sus más bellos impulsos? ¿No nos veríamos privados de las alegrías más profundas? ¿No seríamos más desgraciados? Por lo demás, el amor es lo que es. Cuando se ama fuertemente, se siente la necesidad del contacto, de la posesión exclusiva del ser amado. Los celos, comprendidos en el mejor sentido de la palabra, parecen formar y forman generalmente una sola cosa con el amor. El hecho podrá ser lamentable, pero no puede cambiarse a voluntad, ni siquiera a voluntad del que los sufre en persona. (…) Para nosotros el amor es una pasión que engendra por sí misma tragedias.
El amor entre los anarcoindividualistas, E. Armand (1872-1963)
Además, no es cierto como se presume que la monogamia o la monoandria sean naturales. Son artificiales, por el contrario. En donde quiera que sea, si el arquismo no interviene (el arquismo, es decir, la ley y la policía) ni impone su severidad, hay impulso a la promiscuidad sexual. Representémonos las bacanales, saturnales, florales de la Antigüedad –fiestas carnavalescas medioevales, kermesses flamencas, clubs eróticos del siglo de los enciclopedistas–, verbenas contemporáneas. Reacciones que pueden o no gustarme, pero reacciones al fin.
Los sentimientos se hallan sujetos a enfermedades, al igual que todas las facultades o funciones, lesionadas o desgastadas. La indigestión es una enfermedad de la función nutritiva, llevada al exceso. El cansancio es el “surmenage” producido por el ejercicio. La tisis pulmonar es la enfermedad del pulmón lesionado. El sacrificio es la ampliación de la abnegación. El odio es, a menudo, una enfermedad del amor. Los celos, otra.
El amor tal y como lo entienden los celosos es, por consiguiente, una categoría del arquismo. Es una monopolización de los órganos sexuales, palpables, de la piel y del sentimiento de un humano en provecho de otro, exclusivamente. El estatismo es la monopolización de la vida y de la actividad de los habitantes de toda una comarca en provecho de los que la administran. El patriotismo es la monopolización en provecho de la existencia del Estado, de las fuerzas vivas humanas, de todo un conjunto territorial. El capitalismo es la monopolización a beneficio de un pequeño número de privilegiados, en cuya posesión se encuentran las máquinas y los géneros necesarios a la vida, de todas las energías y facultades productoras del resto de los hombres. La monopolización estatista, religiosa, patriótica, capitalista, etc., está en germen en los celos, pues es evidente que éstos han precedido las dominaciones política, religiosa, capitalista.
A los celosos convencidos que afirman que los celos son una función del amor, los individualistas recordarán que, en su sentido más elevado, el amor puede también consistir en querer, por encima de todo, la dicha de quien se ama, en querer hallar alegría en la realización al máximo de la personalidad del objeto amado. Este razonamiento, este pensamiento, en quienes lo alimentan, termina casi siempre por curar los “celos sentimentales”. En amor, como en todo lo demás, sólo es la abundancia lo que aniquila los celos y la envidia. De la misma forma que la satisfacción intelectual se deriva de la abundancia cultural puesta a la disposición del individuo; del mismo modo que aplacar el hambre se deduce de la abundancia de alimento puesto a la disposición del individuo…, la eliminación de los celos depende de la “abundancia” sensual y sentimental que pueda reinar en el medio en donde el individuo se desenvuelve. ¿Y de qué forma se aderezará esta abundancia para que nadie sea dejado a un lado, puesto aparte, “sufra”, por así decirlo? He aquí la cuestión que ha de resolverse. En su Teoría Universal de la Asociación, Fourier lo tenía resuelto constituyendo el matrimonio de tal forma “que cada uno de los hombres pueda tener todas las mujeres y cada una de las mujeres todos los hombres”.
(…)
¿Qué se entiende por camaradería amorosa? Una concepción de asociación voluntaria englobando las manifestaciones amorosas, los gestos pasionales o voluptuosos. Es una comprensión más completa del compañerismo que la sola camaradería intelectual o económica. Nosotros no decimos que la camaradería amorosa es una forma más elevada, más noble, más pura; decimos simplemente que es una forma más completa de compañerismo. Toda camaradería que comprende tres, dígase lo que se quiera, es más completa que la que sólo comprende dos. Practicar la camaradería amorosa quiere decir para mí ser un camarada más íntimo, más completo, más próximo. Y por el mero hecho de estar ligado por la práctica de la camaradería amorosa con el que es tu compañero, tu compañera, tú serás para mí –su compañera o su compañero– una o un camarada más cercano, más alter ego, más querido. Entiendo, además, que esto significa servirme de la atracción sexual como de una palanca de compañerismo más amplia, más acentuada. Tampoco he dicho nunca que esta ética estuviese al alcance de todas las mentalidades.
Una experiencia, América Scarfó (1928)
Abrimos nuestros corazones, y nuestro amor y nuestra felicidad comenzaron a entonar su canción en medio de la lucha y del ideal, que más impulso les dieron aún. Y nuestros ojos, nuestros labios, nuestros corazones se expresaron en la conjuración mágica de un primer beso. Nosotros idealizamos el amor pero llevándolo a la realidad. El amor libre que no conoce barreras ni obstáculos. Esa fuerza creadora que transporta a dos seres por un camino florido, tapizado de rosas –y algunas veces de espinas– pero donde se encuentra siempre la felicidad.
Lamento no haber podido hacer un extracto de ‘Una experiencia en camaradería amorosa’ (carta del Grupo Atlantis a E. Armand en 1924) pero la verdad es que eso habría sido una transcripción completa. En todo caso, para ello ya está el libro que reune estos textos, entre otros. Bajar PDF.
Carta de rechazo laboral
Estimado ___________,
Gracias por su carta rechazando mi aplicación por el puesto laboral en su compañia.
He recibido rechazos por una inusual y enorme cantidad de organizaciones bien calificadas. Con semejante variedad y tan prometedor espectro del cuál elegir, fue imposible para mi considerarlos a todos. Luego de una deliberación cuidadosa, entonces, y porque un gran número de compañias me han encontrado inapropiado, lamento informarle que no puedo incorporar su rechazo. A pesar de las sobesalientes calificaciones de su compañia y su experiencia previa en rechazar a los entrevistados, encuentro que su rechazo no satisface mis requerimentos en este momento. Como resultado, empezaré como empleado de su compañía la próximo semana.
Las circunstancias cambian y uno no puede saber nunca cuando las nuevas ofertas de rechazo laboral surgen. Acorde a esto, mantendré su carta archivada en caso de que mis requerimentos de rechazo laboral cambien. Por favor no considere esta carta como una crítica de sus calificaciones para intentar negarme el empleo. Le deseo la mejor de las suertes en el rechazo de futuros candidatos.
Sinceramente, John Kador.
Trencito de la Alegría
Ayer parecióme descubrir américa porque creí comprender al ‘trencito de la alegría’. Resulta que el novio (pongamos x caso el lado masculino) decide festejar su despedida de soltero contratando un trencito, éste hace un tour por la ciudad y va levantando gente del sexo opuesto. Asumo que debe existir algun código establecido, como el gesto de “hacer dedo” *. Y de esa forma tiene su última noche de libertinaje careta antes de dedicar su vida a la infelicidad de estar acompañado por la aterradora compañia de otro ser humano con quien se siente obligado a llevarse bien porque no podria ser de otro modo si decidió estar enamoradíssimo.
Este comportamiento humano podría no ser así (y yo estaría equivocado). En ese caso, me enorgullezco xq el valor del texto sería aún muchísimo mayor. Admitamoslo: la idea es genial y seduce hasta las profundidades de nuestros más perversos deseos sexuales.
* para la explicación de lo que significa “hacer dedo”, singular fenómeno viajero, consúltese el artículo correspondiente en esta ilustrada enciclopedia de saberes que forma el presente medio de comunicacion entre mi cerebro y un mundo externo de ignominias asesinas –kgrhjsss$%&@#?!
Te obligamos a ser libre: consume hasta morir (E. Galeano)
La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble.
La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura de consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar.
La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza humana de trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni modo: para casi todos esta aventura comienza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo.
El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos. Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Esta civilización no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En la fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar. Este modo de vida no es muy bueno para la gente, pero es muy bueno para la industria farmacéutica.
EEUU consume la mitad de los sedantes, ansiolíticos y demás drogas químicas que se venden legalmente en el mundo, y más de la mitad de las drogas prohibidas que se venden ilegalmente, lo que no es moco de pavo si se tiene en cuenta que EEUU apenas suma el cinco por ciento de la población mundial.
«Gente infeliz, la que vive comparándose», lamenta una mujer en el barrio del Buceo, en Montevideo. El dolor de ya no ser, que otrora cantara el tango, ha dejado paso a la vergüenza de no tener. Un hombre pobre es un pobre hombre. «Cuando no tenés nada, pensás que no valés nada», dice un muchacho en el barrio Villa Fiorito, de Buenos Aires. Y otro comprueba, en la ciudad dominicana de San Francisco de Macorís: «Mis hermanos trabajan para las marcas. Viven comprando etiquetas, y viven sudando la gota gorda para pagar las cuotas».
Invisible violencia del mercado: la diversidad es enemiga de la rentabilidad, y la uniformidad manda. La producción en serie, en escala gigantesca, impone en todas partes sus obligatorias pautas de consumo. Esta dictadura de la uniformización obligatoria es más devastadora que cualquier dictadura del partido único: impone, en el mundo entero, un modo de vida que reproduce a los seres humanos como fotocopias del consumidor ejemplar.
El consumidor ejemplar es el hombre quieto. Esta civilización, que confunde la cantidad con la calidad, confunde la gordura con la buena alimentación. Según la revista científica The Lancet, en la última década la «obesidad severa» ha crecido casi un 30 % entre la población joven de los países más desarrollados. Entre los niños norteamericanos, la obesidad aumentó en un 40% en los últimos dieciséis años, según la investigación reciente del Centro de Ciencias dela Saluddela Universidadde Colorado. El país que inventó las comidas y bebidas light, los diet food y los alimentos fat free, tiene la mayor cantidad de gordos del mundo. El consumidor ejemplar sólo se baja del automóvil para trabajar y para mirar televisión. Sentado ante la pantalla chica, pasa cuatro horas diarias devorando comida de plástico.
Triunfa la basura disfrazada de comida: esta industria está conquistando los paladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones de la cocina local. Las costumbres del buen comer, que vienen de lejos, tienen, en algunos países, miles de años de refinamiento y diversidad, y son un patrimonio colectivo que de alguna manera está en los fogones de todos y no sólo en la mesa de los ricos. Esas tradiciones, esas señas de identidad cultural, esas fiestas de la vida, están siendo apabulladas, de manera fulminante, por la imposición del saber químico y único: la globalización de la hamburguesa, la dictadura de la fast food. La plastificación de la comida en escala mundial, obra de McDonald’s, Burger King y otras fábricas, viola exitosamente el derecho a la autodeterminación de la cocina: sagrado derecho, porque en la boca tiene el alma una de sus puertas.
El campeonato mundial de fútbol del 98 nos confirmó, entre otras cosas, que la tarjeta MasterCard tonifica los músculos, quela Coca-Colabrinda eterna juventud y que el menú de McDonald’s no puede faltar en la barriga de un buen atleta. El inmenso ejército de McDonald’s dispara hamburguesas a las bocas de los niños y de los adultos en el planeta entero. El doble arco de esa M sirvió de estandarte, durante la reciente conquista de los países del Este de Europa. Las colas ante el McDonald’s de Moscú, inaugurado en 1990 con bombos y platillos, simbolizaron la victoria de Occidente con tanta elocuencia como el desmoronamiento del Muro de Berlín.
Un signo de los tiempos: esta empresa, que encarna las virtudes del mundo libre, niega a sus empleados la libertad de afiliarse a ningún sindicato. McDonald’s viola, así, un derecho legalmente consagrado en los muchos países donde opera. En 1997, algunos trabajadores, miembros de eso que la empresa llamala Macfamilia, intentaron sindicalizarse en un restorán de Montreal en Canadá: el restorán cerró. Pero en el 98, otros empleados de McDonald’s, en una pequeña ciudad cercana a Vancouver, lograron esa conquista, digna dela Guía Guinness.
Las masas consumidoras reciben órdenes en un idioma universal: la publicidad ha logrado lo que el esperanto quiso y no pudo. Cualquiera entiende, en cualquier lugar, los mensajes que el televisor transmite. En el último cuarto de siglo, los gastos de publicidad se han duplicado en el mundo. Gracias a ellos, los niños pobres toman cada vez más Coca-Cola y cada vez menos leche, y el tiempo de ocio se va haciendo tiempo de consumo obligatorio. Tiempo libre, tiempo prisionero: las casas muy pobres no tienen cama, pero tienen televisor, y el televisor tiene la palabra. Comprado a plazos, ese animalito prueba la vocación democrática del progreso: a nadie escucha, pero habla para todos. Pobres y ricos conocen, así, las virtudes de los automóviles último modelo, y pobres y ricos se enteran de las ventajosas tasas de interés que tal o cual banco ofrece.
Los expertos saben convertir a las mercancías en mágicos conjuntos contra la soledad. Las cosas tienen atributos humanos: acarician, acompañan, comprenden, ayudan, el perfume te besa y el auto es el amigo que nunca falla. La cultura del consumo ha hecho de la soledad el más lucrativo de los mercados. Los agujeros del pecho se llenan atiborrándolos de cosas, o soñando con hacerlo. Y las cosas no solamente pueden abrazar: ellas también pueden ser símbolos de ascenso social, salvoconductos para atravesar las aduanas de la sociedad de clases, llaves que abren las puertas prohibidas. Cuanto más exclusivas, mejor: las cosas te eligen y te salvan del anonimato multitudinario. La publicidad no informa sobre el producto que vende, o rara vez lo hace. Eso es lo de menos. Su función primordial consiste en compensar frustraciones y alimentar fantasías: ¿En quién quiere usted convertirse comprando esta loción de afeitar?
El criminólogo Anthony Platt ha observado que los delitos de la calle no son solamente fruto de la pobreza extrema. También son fruto de la ética individualista. La obsesión social del éxito, dice Platt, incide decisivamente sobre la apropiación ilegal de las cosas. Yo siempre he escuchado decir que el dinero no produce la felicidad; pero cualquier televidente pobre tiene motivos de sobra para creer que el dinero produce algo tan parecido, que la diferencia es asunto de especialistas.
Según el historiador Eric Hobsbawm, el siglo XX puso fin a siete mil años de vida humana centrada en la agricultura desde que aparecieron los primeros cultivos, a fines del paleolítico. La población mundial se urbaniza, los campesinos se hacen ciudadanos. En América Latina tenemos campos sin nadie y enormes hormigueros urbanos: las mayores ciudades del mundo, y las más injustas. Expulsados por la agricultura moderna de exportación, y por la erosión de sus tierras, los campesinos invaden los suburbios. Ellos creen que Dios está en todas partes, pero por experiencia saben que atiende en las grandes urbes. Las ciudades prometen trabajo, prosperidad, un porvenir para los hijos. En los campos, los esperadores miran pasar la vida, y mueren bostezando; en las ciudades, la vida ocurre, y llama. Hacinados en tugurios, lo primero que descubren los recién llegados es que el trabajo falta y los brazos sobran, que nada es gratis y que los más caros artículos de lujo son el aire y el silencio.
Mientras nacía el siglo XIV, fray Giordano da Rivalto pronunció en Florencia un elogio de las ciudades. Dijo que las ciudades crecían «porque la gente tiene el gusto de juntarse». Juntarse, encontrarse. Ahora, ¿quién se encuentra con quién? ¿Se encuentra la esperanza con la realidad? El deseo, ¿se encuentra con el mundo? Y la gente, ¿se encuentra con la gente? Si las relaciones humanas han sido reducidas a relaciones entre cosas, ¿cuánta gente se encuentra con las cosas?
El mundo entero tiende a convertirse en una gran pantalla de televisión, donde las cosas se miran pero no se tocan. Las mercancías en oferta invaden y privatizan los espacios públicos. Las estaciones de autobuses y de trenes, que hasta hace poco eran espacios de encuentro entre personas, se están convirtiendo ahora en espacios de exhibición comercial.
El shopping center, o shopping mall, vidriera de todas las vidrieras, impone su presencia avasallante. Las multitudes acuden, en peregrinación, a este templo mayor de las misas del consumo. La mayoría de los devotos contempla, en éxtasis, las cosas que sus bolsillos no pueden pagar, mientras la minoría compradora se somete al bombardeo de la oferta incesante y extenuante. El gentío, que sube y baja por las escaleras mecánicas, viaja por el mundo: los maniquíes visten como en Milán o París y las máquinas suenan como en Chicago, y para ver y oír no es preciso pagar pasaje. Los turistas venidos de los pueblos del interior, o de las ciudades que aún no han merecido estas bendiciones de la felicidad moderna, posan para la foto, al pie de las marcas internacionales más famosas, como antes posaban al pie de la estatua del prócer en la plaza. Beatriz Solano ha observado que los habitantes de los barrios suburbanos acuden al center, al shopping center, como antes acudían al centro. El tradicional paseo del fin de semana al centro de la ciudad, tiende a ser sustituido por la excursión a estos centros urbanos. Lavados y planchados y peinados, vestidos con sus mejores galas, los visitantes vienen a una fiesta donde no son convidados, pero pueden ser mirones. Familias enteras emprenden el viaje en la cápsula espacial que recorre el universo del consumo, donde la estética del mercado ha diseñado un paisaje alucinante de modelos, marcas y etiquetas.
La cultura del consumo, cultura de lo efímero, condena todo al desuso mediático. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al servicio de la necesidad de vender. Las cosas envejecen en un parpadeo, para ser reemplazadas por otras cosas de vida fugaz. Hoy que lo único que permanece es la inseguridad, las mercancías, fabricadas para no durar, resultan tan volátiles como el capital que las financia y el trabajo que las genera. El dinero vuela a la velocidad de la luz: ayer estaba allá, hoy está aquí, mañana quién sabe, y todo trabajador es un desempleado en potencia. Paradójicamente, los shoppings centers, reinos de la fugacidad, ofrecen la más exitosa ilusión de seguridad. Ellos resisten fuera del tiempo, sin edad y sin raíz, sin noche y sin día y sin memoria, y existen fuera del espacio, más allá de las turbulencias de la peligrosa realidad del mundo.
Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una mercancía de vida efímera, que se agota como se agotan, a poco de nacer, las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los ídolos que la publicidad lanza, sin tregua, al mercado. Pero, ¿a qué otro mundo vamos a mudarnos? ¿Estamos todos obligados a creernos el cuento de que Dios ha vendido el planeta a unas cuantas empresas, porque estando de mal humor decidió privatizar el universo? La sociedad de consumo es una trampa cazabobos. Los que tienen la manija simulan ignorarlo, pero cualquiera que tenga ojos en la cara puede ver que la gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nada necesariamente, para garantizar la existencia de la poca naturaleza que nos queda. La injusticia social no es un error a corregir, ni un defecto a superar: es una necesidad esencial. No hay naturaleza capaz de alimentar a un shopping center del tamaño del planeta.
Carta perdida en Internet
Día novecientos ochenta y tres desde mi captura… mis secuestradores siguen molestandome con pequeños y raros objetos colgantes. Ellos cenan profusamente mientras que los otros reclusos y yo somos nutridos paupérrimamente con unas especie de bolitas secas y duras. Aunque estoy contento por mis raciones, tengo que comer algo para poder mantener mis fuerzas. Lo único que me permite seguir adelante es mi sueño por escapar.
En un intento de causarles un disgusto, una vez vomité sobre la alfombra. Ayer decapité un ratón y arrojé su cuerpo decapitado a pies de ellos. Esperaba que esto diera un golpe de miedo a sus corazones, ya que claramente demuestra de lo que soy capaz. Sin embargo, ellos apenas hicieron comentarios codescendientes acerca de lo ‘buen cazadorcito’ que soy. Idiotas!
Esta noche hubo una especie de reunión con sus complices. Fui confinado en aislamiento durante la duración del evento. Sin embargo, pude escuchar todos los ruidos y oler la comida… escuché que mi confinamiento era por la fuerza de las ‘alergias’. Debo aprender lo que significa esto y como usarlo en mi favor.
Hoy casi fui exitoso en un intento de asesinar a uno de mis atormentadores, al corretear entre sus pies mientras caminaba. Debo intentar esto de nuevo en el futuro– pero al borde de las escaleras.
Estoy convencido de que los otros prisioneros aquí son lacayos y soplones. El perro recibe privilegios especiales, él es liberado regularmente y parece mas que deseoso de volver cada vez. Obviamente es un retrasado mental. El pájaro tiene que ser un informante, lo veo comunicándose con los guardias seguido. Estoy seguro de que les reporta cada uno de mis movimientos. Mis secuestradores lo tienen con mucho cuidado, protegido en una celda elevada; por eso está a salvo. Por ahora…
Autoestima
No como milanesas xq conozco su verdad. Soy tan groso, que Batman tiene un pijama con mi cara; y las ovejas cuando se van a dormir cuentan cuantos saltitos doy. No existen las lesbianas, sólo son mujeres que nunca me conocieron. Cuando Dios dijo: ‘Hagase la luz’, yo ya tenia grupo electrógeno y estaba jugando a la Playstation 8 q todavía no salió. La Biblia dice que Jesús en la montaña multiplicó los panes, pero después llegué yo y le dije: ‘Deja flaco, si traje facturas’. Además, siempre que compro galletitas Surtidas o Variedad, me vienen puras pepitos o mini melba… Y si compro galletitas de otra marca siempre me funciona la tirita roja de ‘Abra aquí’. Yo puse de moda las remeras de A+ pero ya no las uso xq son de puto y careta. Cuando corro alcanzo la velocidad de la luz y con la masa sobrante (E=mc2) hago bizcochitos de grasa.
Muda, crecer duele
Uno se pasa días, meses, años y hasta décadas para endurecer su caparazón, coraza, corazón. Sin embargo uno en ese tiempo crece y sigue creciendo, hasta que la necesidad se hace imperiosa, y como un insecto que cambia de caparazón, la coraza se resquebraja y el corazón se rompe. Crecer duele. Es parte del ciclo del crecimiento, entonces, ya sin defensas uno queda completamente vulnerable igual que un insecto desnudo y con todo su interior expuesto. Pero ahora este, nuestro interior, es mas grande y mas duro y maduró porque creció desde dentro. Comienza entonces un nuevo proceso de endurecimiento: nuevas defensas… coraza, corazón y caparazón ¡indestructibles! (Pero es sólo cuestión del tiempo hasta reconocer el comienzo de un nuevo ciclo, interminable). Duele, sí. Pero reconforta.
